Al borde del Nombre del Padre y tener un cuerpo.

Si Trastorno límite de la personalidad resulta ser una correcta transposición al castellano del término originario de finales de los cuarenta border-line, se pierde no obstante una evocación sonora que el término inglés nos aporta que es la de “borde”, que en castellano no remite a frontera sino a corte, allí donde dos lugares han quedado delimitados por un accionar de acto o palabra. Al borde es también casi dar alcance. Opté pues, por el uso de “borde”, remitiéndome con ello a una modalidad de la práctica con estos pacientes que se ha dado en llamar “la clínica de los bordes”.

Podríamos interrogarnos si en quienes reciben un diagnóstico psiquiátrico semejante hemos de ocuparnos de lo que aún en ellos no está constituido, o tiene una constitución fluctuante, o en quiebra o fallida. Si constituyen un estado o, una estructura u organización como lo consideran algunos autores Bergeret entre otros o Kernberg por nombrar primeros psicoanalistas que se dedicaron a esta entidad psicopatológica.

Quiero citar a un autor dedicado a la infancia, Jerusalensky que en Escritos de la infancia agrega a los juegos de “Fort-Da” y los juegos “transicionales”, otra serie que denomina “juegos de borde” o “juegos de caída”. En el caso del que vamos a ocuparnos podemos preguntarnos ¿no es la caída de la boca de la madre el movimiento psíquico a conquistar? Que la madre la escupa en posición pasiva, que escupa a la madre en posición activa. La salida de la ballena como el escupitajo que arroga afuera y, establece un dentro y un afuera con la madre. ¿Son sus vómitos expulsiones de su cuerpo de  la madre?, hacer de este acto sintomático un síntoma metafórico donde sus múltiples dibujos de todos los tiempos a este respecto con su expresividad y artísticamente dotados, permiten una vía sublimatoria. Hacer de ellos y con ellos borde de un dentro/fuera del cuerpo de la madre y, así, metáfora de su deseo de padre que espera afuera la llegada de la hija, dando la vuelta a Telémaco que espera un padre. Observar que el padre real de la paciente, con sus dificultades sintomáticas incluidas, siempre estuvo ahí a la espera de que la hija le usara, como dice Lacan en el Sinthome, pasar del padre a condición de sirve se de él.

Recorte de un caso clínico

Se trata de una joven de 18 años cuando llega a mi consulta. Viene derivada de un Hospital de Día Infanto-Juvenil. Ha estado en él dos años. Anteriormente estuvo tratada durante años en el Hospital Niño Jesús, que visita por primera vez con 11 años y donde es ingresada en primera ocasión tras intento de suicidio con 15 años. Entre los quince y dieciséis años realizó cinco intentos de suicidio que acabaron con ingresos en dicho hospital. Lleva dos años sin intención suicida.

La pregunta por la estructura se me impone, pero no menos voy observando que no tiene fácil respuesta, pues no entra, de primeras, en ninguna de las estructuras intervalares que nos son habituales: histeria, obsesión o perversión, sin embargo, no dejo de tener la impresión de no estar ante un sujeto psicótico. Me inclino por una consideración más clínica que permita atender la singularidad de lo que encuentre y sea el tiempo de trabajo el que permita dilucidar sobre lo que ahora no tiene respuesta segura.

De primeras la acogida, primer movimiento del analista.

La acogida implica un lugar y un lazo, donde la alteridad y la asimetría rigen el trato con el Otro. Una presencia a-crítica y palabras, que como sabemos son demanda de amor que, que recoge las mociones afectivas. Presencia y palabra motorizada por el deseo del analista, que opera desde la primera llamada de teléfono. Una acogida del cuerpo y la palabra del alter, del próximo-prójimo en su diferencia y separación. La acogida hospeda al alter.

No es tiempo de interpretaciones, más bien, de propiciar que el sujeto en su decir hable de lo que siente y piensa sobre su padecer y sus actos, que van abundar sobremanera en los sujetos al borde: “vomito lo que no puedo expresar”, dice en este tiempo, también: “verla ( a la madre) como una persona y no como una figura con superpoderes”. Interpretaciones propias.

El psicoanálisis infantil enseñó y enseña modalidades en la práctica que son de uso en el trabajo con otros sujetos y los llamados límites o de borde son uno de ellos.  En el trabajo con criaturas nos enfrentamos en muchas ocasiones a sujetos por advenir, es trabajo en sus sesiones de construcción subjetiva y de llevar a cabo apuestas que permitan la emergencia de un sujeto que bien no se constituyó o que por razones diversas ha quedado desamarrado o forcluidos algunos de sus elementos constitutivos y no siempre de manera permanente.

Con esta paciente el trabajo psicoanalítico supone la apuesta por su constitución subjetiva, donde encontramos forcluido el objeto a de la pérdida.

En la paciente observamos un desajuste entre un discurso que está regido por el sentido y, su cuerpo. Tiene un decir dirigido y orientado, digamos que los significantes y significados se agrupan en un sentido que queda fijado por aquel o aquellos significantes que hacen función de capitoné. Al tiempo, su cuerpo es una maquinaria de goce: anorexia, atracones, vómitos, gritos, insultos, fugas, autolesiones, su cuerpo está lacerado por cicatrices que nos muestran el acribillamiento por el que ha pasado.  Un cuerpo gozante al que se quiere aniquilar o se le pide ser el soporte de la Cosa Ideal. Imago primitiva en la fusión de su imagen especular y la imagen del otro, en dificultades de ser agujereado por un corte significante que caiga del Otro primordial. El Ideal del yo se encuentra en coalescencia con el Yo ideal lo que inutiliza su función. Un Ideal funciona, el constituido en el segundo tiempo del Edipo, cuando el amor al padre en inmixion con el maternaje, que el padre supuso para ella, y el falicismo tomado en el absoluto, no negativizado por un padre que lo represente sino que lo es: el orden absoluto, pues el padre es un obsesivo sintomático en sus manías y controles, además de haber sido un sujeto que padeció bulimia y cuya neurosis no ha sido resuelta.

¿Cómo hacerse con un cuerpo? ¿cómo agujerear, extraer del cuerpo gozante, un resto que genere un vacío y que permita que este goce perdido se recupere en otro goce que Lacan nombrará de “escala invertida” en la ley del deseo?

Sobre el lecho de la acogida, la transferencia se va constituyendo. Hemos de tener presente con estos pacientes, equivalente a lo que sucede con las criaturas—desde mi punto de vista—, la transferencia afectiva y por tanto la dimensión imaginaria de la misma que no es sin ella que lo real y lo simbólico actúan.

Habla sobre todo de su historia hospitalaria donde se escucha iatrogenia y mal trato institucional. En este primer año el lugar encarnado de la palabra que en la transferencia presentifico permite ir poniendo palabras a actos sintomáticos que rememora: vómitos, autolesiones, intentos de suicidio. Volverá a ellos en muy diversas ocasiones. Irá pudiendo recordar y rememorar a medida que su palabra va constituyéndose para ella misma con valor de verdad. No tiene relaciones sociales, sus amigas del colegio la abandonaron tras uno de sus ingresos en los tiempos de la pandemia. Esta pérdida será traumática y viene a caer en el trauma fantasmático fundamental: el abandono de la “madre muerta”. Se encuentra en una importante soledad de pares.

Dice Freud en El hombre de los lobos: ““Toda neurosis de un adulto se basa en una neurosis infantil”. En el caso de nuestra paciente hay un continuum donde está por ser conquistado sin vacilaciones el vacío estructural. La neurosis infantil persiste hasta los tiempos de su llegada a la consulta. Hay estancamiento de la libido. Sus problemas de separación con la madre toman el objeto comida y, desde los 3 años, aparecen conductas de clasificación jerárquica de los alimentos: por colores y perfectas. El malestar con los otros toma distancia contando sílabas y letras de las palabras enunciadas, cuyo número par las hacía aceptable y si no vuelta a empezar: hablar y a contar. Síntomas obsesivos de numeración y clasificación que neutralizaban la libido objetal que no encontraba objetos de deseo satisfactorios que permitieran su lazo con el otro. Cuando a los once años una niña la nombre “gorda” la clasificación y la comida perfecta, que no esté encentada, por ejemplo, será sustituida por las formas más conocidas de anorexia y bulimia. Los efectos del significante del Otro. La imperfección y el fallo al Otro tendrán en las autolesiones el sustituto del contaje de sílabas, letras y números.

Así, su posición subjetiva con la castración, la encontramos al borde del Padre en su significación simbólica, traído por el imaginario fálico. Será el trabajo en su análisis el que le podrá permitir sostener el borde del vacío que implica extraer el cuerpo de la boca de la madre, usando al padre nominando falo.

Ello se observa con la transferencia en acto y repetición: Acontece la escena narcisista maníaca que se producirá como negación de la pérdida, que es actualizada en el presente con la pérdida de las relaciones sociales del curso de auxiliar clínica que estudia y la pérdida del propio curso. Escena narcisista maníaca en la que hablará y dibujará: “quiero entrar en el sol” y ser “elegida de la luna”. Insomnio e hiperactividad. Negación de lo perdido, del agujero y la falta. Esos días tendrá un sueño: Son tres serpientes gigantes. Habrá más, sueños con serpientes. Hubo en la infancia envidia de los varones, en recuerdos que vendrán mucho más tarde, así como actos de robo que hizo de pequeña y recientemente un sueño de un robo en un supermercado. Envidia fálica, un nombre con padre.

Hemos de decir que la madre de la paciente ha de ser pensada en dos tiempos, cuya delimitación, precisamente, tiene en la paciente, como decíamos, la marca del trauma:

-Un primer tiempo: la madre cocodrilo, que dice Lacan. Madre devoradora, invasiva e intrusiva, la hija es todo para ella. Son muchos los dibujos que esta paciente hace de una boca dentro de otra boca, por ejemplo. Los dibujos son una superficie plástica donde la paciente nos trae sus producciones inconscientes, cual si del niño de Morgenstern se tratara.

-Un segundo tiempo: la “madre muerta” de Andreé Green, deprimida, desvitalizada, abúlica y retraída. Ha sufrido la pérdida de los padres, se ha separado del padre de la paciente y ha tenido una intervención quirúrgica de cáncer que la hace perder su trabajo de profesora de matemáticas y la deja largo tiempo muda. La “madre muerta” a los 6 años vino a sustituir a la madre cocodrilo. Los efectos en el sujeto: identificación con la “madre muerta” y con el abandono que es vivido por el sujeto como desprecio. Las matrices de la melancolía y la manía.

Estas dos configuraciones de la madre ejercen en la hija el efecto polarizador que sus actos sintomáticos nos muestran: apatía, deseos de muerte, aniquilación del ser, autolesiones, insignificancia para el Otro. Y, rabia y odio. Ello, seguido o antecedentemente, anorexia, bulimia, atracones, en los últimos tiempos ingesta esporádica de tóxicos. Ambas posiciones se alternan y en ocasiones se simultanean.

La paciente hubo de requerir un hospital de día de adultos que permite poner límites a los actos de goce. Tengo la suerte de que sea un equipo que no interfiere en la transferencia, el trabajo prosigue, cada vez la paciente asocia más libremente y el trabajo es ya, cada vez más, durcharbeiten.

Trinidad Simón Macías.