¿LÍMITE, FRONTERA O BORDE RESPECTO DE QUÉ?
Marcelo Edwards
Diciembre 2025
La clínica que presentan estos pacientes
Diversos autores han tratado esta temática. Podemos citar, entre otros, a Otto Kernberg, Ronald Winnicott, André Green, Jean Bergeret o Jean-Jacques Rassial. La descripción fenomenológica que fueron estableciendo, es posible encontrarla hoy en día en el DSM bajo la calificación de trastorno límite de la personalidad (TLP).
A nivel sintomático nos encontramos con fobias, fenómenos psicosomáticos, síntomas asociados a la despersonalización, episodios alucinatorios o delirantes que no implican necesariamente una psicosis disociativa, sino que pueden ser producidos por la ingesta de tóxicos o acontecimientos traumáticos.
La vida pulsional se caracteriza por una insatisfacción constante, la intolerancia a la frustración, y una vida sexual que es más bien pre o pseudo-genital en lo que prima muchas veces, es el intento de colmar las carencias amorosas a través del sexo. Hay que decir que muchos niños que presentan hiperactividad y dificultades de atención resultan diagnosticados más adelante como TLP.
En cuanto a la conducta aparecen la impulsividad, la hetero y la auto agresividad -que en ocasiones pueden desembocar en intentos autolíticos-, acting outs, pasajes al acto, ludopatías, uso excesivo de las pantallas, así como el abuso de tóxicos, alcohol o medicamentos.
La imagen narcisista del yo suele ser desvalida y deprimida, aunque a veces es contrarrestada por momentos de omnipotencia. Presentan un carácter infantil caracterizado por el evitamiento de las responsabilidades.
A nivel afectivo encontramos un estado casi permanente de inquietud y de depresión-ansiosa, sentimientos de vacío y de abandono, pero también de persecusión -que pueden llegar al ataque de pánico-.
En el lazo social, pueden presentar tres modalidades básicas en relación con los otros: el retraimiento esquizoide, una conducta manipuladora o la dependencia anaclítica, pero también una combinación de las mismas. En muchos casos, su funcionamiento les ha impedido alcanzar logros a nivel de estudios o en el plano laboral.
En todo caso, todas estas manifestaciones responden básicamente a un profundo sentimiento de abandono y de vacío, y a un intento constante de encontrar reconocimiento por parte del Otro, con el que suelen mantener un vínculo de dependencia, siendo que los fracasos en este sentido, desencadenan su impulsividad y su violencia.
Los traumas precoces o pregenitales
Es algo que todos los autores recogen, y es cierto que, en los historiales de estos sujetos nos encontramos en el plano de la familia de origen -incluso a nivel transgeneracional- con rupturas familiares importantes, abandonos, maltratos tanto de la pareja como de los hijos, instrumentaciones diversas, consumo de tóxicos, conductas delictivas menores, y hasta abusos o violaciones sexuales.
Se ha puesto mucho énfasis en las carencias del lado materno, es decir, las producidas por una madre abandonante, intrusiva, caótica o no “continente”.
En otros términos, se trata de una madre que no es capaz de hacer el don de su deseo, es decir de su carencia, ni de expresarlo de una forma ritmada en su demanda de amor. Ya sea por su indiferencia, su rechazo, su rigidez, su intrusismo o sus manipulaciones.
En estas condiciones deviene un Otro absoluto y caprichoso que no otorga seguridad al sujeto y dificulta el acceso a la función castradora/separadora del padre real. No es extraño que eso produzca un tipo de dependencia regresiva y al mismo tiempo profundamente conflictiva del sujeto con ese Otro, puesto que, aunque sentido como abandonante, permanece idealizado y se espera que en algún momento exprese su amor y reconocimiento. De allí que oscilen entre el intento de separarse -a veces violentamente-, y el retorno a una demanda sin fondo, por la culpa por existir que les genera la independencia.
No obstante, mi experiencia me lleva pensar que en muchos casos es fundamental también lo que sucede con lo que Lacan denominó el padre real: es decir, aquel que, de una manera efectiva, desea sexualmente a su mujer y se ocupa paternalmente de los hijos. Padre real que, gracias a ese deseo, introduce la castración simbólica impulsando a los hijos -gracias a la identificación con el Ideal del yo paterno- hacia la promesa, la esperanza –que es otro nombre de la fantasía fundamental- y la exogamia. El superyó paterno prohíbe el incesto, mientras que el Ideal del yo paterno, orienta hacia los sustitutos posibles.
A veces, hay hombres que no sostienen su posición en tanto que padres. Son mentirosos, rechazantes, o violentos. Algunos son drogadictos o alcohólicos. Otros son excesivamente seductores con los hijos, y, por lo tanto, no ejercen su función castradora en el plano simbólico. En otros casos, el hijo/hija llegan en un momento en que la pareja se ha destruido.
Este tipo de relaciones con la madre y el padre, minan la confianza básica y la capacidad de amar del sujeto, generando confusión y persecución.
Además, su Yo-ideal, la representación de sí mismo que depende de los Ideales del yo materno y paterno, resulta dañado puesto que el materno los suele dejar ante un profundo sentimiento de desvalimiento, mientras que el segundo no les sirve para proyectarse hacia la exogamia, generando frustración e impotencia.
Tal como Freud nos enseñó, el trauma se produce como mínimo en dos tiempos, siendo que lo acontecido en el segundo opera retroactivamente sobre el primero, fijándolo. Nuestra subjetividad funciona de este modo, y Lacan mostró que eso depende de la estructura del lenguaje a la que nos incorporamos. Por lo tanto, la cuestión es cómo lo acontecido en determinado momento de la historia subjetiva -que puede ser muy precoz- resulta resignificado a posteriori, y en particular al final del complejo de Edipo.
Para el psicoanálisis un acontecimiento o un vínculo real devienen traumáticos cuando el sujeto no puede responder mediante lo simbólico y lo imaginario a lo que tal acontecimiento o vínculo evoca de la castración, ya se trate de la del Otro materno, o la del propio sujeto.
El trauma originario, es aquel que se produce por nuestra introducción en “el malentendido entre los padres” correlativo de nuestra incorporación al lenguaje. Dicho trauma nos confronta con lo real del agujero de la estructura significante, que toma su representación en la castración del Otro materno y en la identificación del sujeto con el falo faltante de la madre, que, como tal, equivale a un vacío.
La angustia que corresponde a esta identificación regresiva con ese vacío es de despersonalización en las neurosis y perversiones, y de fragmentación o devoración en las psicosis. Como sabemos, en los sujetos en estado límite es frecuente la angustia de despersonalización, que en ocasiones se presenta de manera aguda y prolongada.
Todo niño -para preservar el amor del Otro materno- reprime, reniega o rechaza la carencia materna y su propia identificación con el falo, pero cada movimiento de separación respecto de la madre engendra la culpa por existir, lo que en muchas ocasiones le hace regresar para colmar esa carencia con su ser. De allí, que ese vínculo resulte ambivalente, y en ocasiones, traumático.
El traumatismo secundario, referido a la castración por el padre, y la angustia correspondiente es la angustia ante la amenaza imaginario de castración. El sujeto -tal como nos enseña Freud- reprime secundariamente las fantasías incestuosas y parricidas propias del Edipo, identificándose al superyó paterno para preservar el propio narcisismo de la castración. Como consecuencia de ello constituye, en el caso de las neurosis, una fantasía de seducción (histeria), que mantiene insatisfecho el deseo del sujeto, o de escena primitiva (neurosis obsesiva) que sostiene imaginariamente como imposible. En los dos casos, esas fantasías preservan al sujeto de la castración, que sólo se pone en acto -de modo contingente- en las relaciones genitales efectivas de la adolescencia y la edad adulta. Aun así, la fantasía hace posible la proyección del sujeto en el espacio-tiempo, estructurando sus actos y su devenir en la búsqueda de un objeto con valor fálico que cause su deseo y que venga a colmar -imaginariamente- su división.
La separación respecto del padre implica el deseo parricida que, salvo que se articule metafóricamente, también produce culpa.
Por ende, la cuestión es cómo se articulan en la historia de cada sujeto, la castración del Otro, y la castración del sujeto, siendo que lo traumático es lo real que no se inscribe en lo inconsciente de esas castraciones, y por ende lo que retorna repetitivamente en los síntomas, las inhibiciones o la angustia.
En los sujetos en estado límite, el trauma precoz producido porque la madre no puede hacer el don de su castración, deja fuera de la inscripción simbólica, es decir en lo real, las experiencias de desamparo (Hiflosijkeit) que quedan escindidas y reaparecen en el cuerpo o la acción bajo forma de afectos y de impulsos no ligados produciendo efectos de extrañeza y despersonalización. Sobre todo, porque el sujeto suele buscar denodadamente el reconocimiento por parte del Otro, y ello le lleva a regresar a la identificación con el falo, que no es otra cosa que un vacío.
Ahora bien, cabe precisar su articulación con los otros dos momentos constituyentes: el final del complejo de Edipo y la crisis adolescente.
Los trastornos de la resignificación edípica
Tal como ha indicado Víctor Korman (1), este tipo de sujetos presentan dificultades en la simbolización retroactiva a partir del final del complejo de Edipo.
Los efectos del trauma precoz, dificultan que opere la función de castración simbólica que debería ser debería ser introducida por el padre real para reinscribir retroactivamente la función del significante del Nombre-del-padre. Habitualmente, esta operación valida el Ideal del yo paterno con el que un sujeto neurótico se identifica al final de este proceso.
Pero en estos casos, la proyección del Ideal en un tiempo futuro, el anhelo de encontrar un objeto no incestuoso en la exogamia queda perturbado, y dificulta que el sujeto pueda articular su deseo en una fantasía fundamental.
En las neurosis el amor por el padre está presente, más allá de las ambivalencias. El padre es amado porque separa de la madre, aunque se le tema porque es un potencial castrador. En las perversiones, es desafiado o burlado y en las psicosis el significante paterno es rechazado.
En los sujetos que nos ocupan, esta dimensión de la paternidad y el amor correspondiente, resultan obturados: ya sea por la incidencia de la madre, por el desistimiento del padre, o por ambas cosas.
Esto mismo constituye una nueva situación traumática, puesto que eterniza una posición en la que el sujeto no acaba de organizar retroactivamente su neurosis infantil, para entrar en la latencia.
Permanece en cambio en un estado propio del inicio de la fase fálica, en la que todo sujeto se enfrenta a la angustia de castración, tanto del Otro materno, como a la propia. En lugar de elegir entre el camino de la perversión mediante un objeto fetiche o el de la neurosis a través de un objeto fóbico, y ante la dificultad de identificarse con el Ideal paterno, el sujeto queda estancado allí, por lo que la latencia deviene entonces una pseudo-latencia. Es en este sentido que los pacientes psico-somáticos crónicos comparten un espacio común con los individuos de los que hablamos.
De este modo, no acaban de renunciar ni al objeto incestuoso, ni a los impulsos parricidas, por lo que la angustia de castración está en primer plano. Han de defenderse respecto de un padre del goce, imaginariamente castrador y también de la regresión a un Otro materno vivido como absoluto y caprichoso, regresión que le haría sentir la angustia de despersonalización y de vacío que conlleva la identificación al falo materno faltante.
Esto explica su polimorfismo defensivo: represión, renegación (con el corolario de la escisión yoica), y otros más arcaicos como la identificación proyectiva o la proyección – cuando fracasa la represión secundaria- que implica una simbolización. En algunos casos, se pueden producir forclusiones parciales o locales. Es el ejemplo famoso de la alucinación del dedo cortado, en el Hombre de los lobos, en la que el sujeto vive como imaginariamente real, lo que no ha podido simbolizar de su castración, en ese momento puntual. Estos fenómenos son pasibles de re-simbolización cuando no se trata de alucinaciones verbales auditivas.
Esta posición intermedia de no elección, hace vulnerable al sujeto ante situaciones traumáticas, producidas por acontecimientos de violencia o de excesiva seducción en los que el valor simbólico de la palabra queda corroído, generando pérdida de confianza y seguridad, confusión y persecusión, puesto que se produce una colusión entre lo imaginario y lo real.
Dicha colusión tiene varias consecuencias. En primer lugar: la impulsividad. En las neurosis la fantasía constituida gracias a la función paterna, permite diferir la acción, proyectando la temporalidad. Implica una conjunción-disyuntiva respecto del objeto, que articula las pulsiones de forma ritmada. Esto permite que las dimensiones de vida y de muerte de cada pulsión permanezcan intrincadas. Cuando esto no ocurre, las pulsiones buscan la satisfacción inmediata, haciendo intolerable la espera con su corolario de agresividad en caso de frustración.
Pero, además, la no instauración definitiva de la fantasía tiene otro efecto: un estado permanente de depresión-ansiosa. En las neurosis, hay un ciclo fantasmático imaginario: el sujeto pasa inconscientemente, de las fantasías parricidas a las incestuosas con el Otro materno -que son su reverso-, lo que lo lleva a la identificación mortífero con el falo de la madre. De allí que lo que prima inicialmente sea la angustia de castración, luego -una vez ejecutada real o imaginariamente la transgresión- un estado depresivo producido por la culpa debida al goce obtenido, y finalmente la angustia de despersonalización, de la que sólo puede salir, renovando el circuito.
Esto implica una alternancia temporal de los estados afectivos, con mayor o menor sufrimiento, según el sujeto se instale o no en los tiempos 2º y 3º. El fantasma parricida, al fin de cuentas, pone en marcha nuevamente el deseo del sujeto, aunque sea al precio de la cierta angustia de castración.
En cambio, el sujeto en estado límite, cortocircuita esta 1ª secuencia parricida, puesto que busca la satisfacción inmediata permanentemente con el objetivo de evitar el sentimiento de vacío. De allí que se encuentre a nivel afectivo en una depresión-ansiosa, porque la satisfacción inmediata de la pulsión implica el goce incestuoso (2ª secuencia) y la culpa consiguiente, es decir un estado depresivo, y no libera al sujeto de la identificación con el falo (3ª secuencia), lo que lo retrotrae a aquello de lo que pretendía escapar: la angustia de despersonalización y de vacío. Es algo que también ocurre en las toxicomanías, y paradojalmente, estos pacientes suelen recurrir frecuentemente a las drogas o el alcohol para combatir el ciclo ansioso-depresivo, lo que produce un desvalimiento aún más profundo.
La crisis en la adolescencia
Así como en la primera infancia, es necesaria una función de nominación (Nombre-del-Padre) que haga posible una primera separación entre el sujeto y el Otro, y que la misma sea validada por el padre real en la retroacción del final del Edipo, en la adolescencia es el propio sujeto quien pone en tela de juicio la nominación paterna. Esto lo coloca en la difícil situación de encontrar otra más o menos transitoria que la sustituya y le permita pasar a la adultez, momento en el que podrá actuar en su propio nombre, ya sea en el campo del amor, de la procreación, de la profesión o del arte.
Al poner en cuestión la nominación paterna, tanto la función del Superyó como la del Ideal del yo que sostiene su Yo-ideal, quedan también en entredicho. Justo en un momento en que su imagen corporal ya no es la de un niño, puesto que sus pulsiones sexuales se han reactivado, y ha de responder tanto ante el Otro sexo como ante la sociedad.
Para que el nuevo anudamiento se lleve a cabo sin mayores contratiempos, es necesario que los dos primeros se hayan consolidado, haciendo posible una latencia en el que el sujeto pueda esperar una reconciliación fantaseada entre el cuerpo imaginario (su Yo-ideal) y lo simbólico (su Ideal del Yo).
El adolescente se encuentra en un cierto estado de inexistencia, de vacío, “por querer y no poder”, es decir por no disponer aún de la capacidad material ni simbólica de realizar en acto sus deseos. Así pues, se encuentra particularmente fragilizado en cuanto a poder asimilar situaciones traumáticas, sobre todo si, como en los sujetos de los que hablamos, los dos primeros tiempos, en la primera infancia y al final del Edipo, la operación de nominación ha resultado problemática.
En estos casos, al haberse producido una escisión del yo ante el trauma precoz, la conjugación de lo imaginario y lo simbólico que hace posible la retroacción edípica ha quedado en entredicho, por lo que el sujeto ha quedado fijado a ese primer tiempo, exigiendo la repetición de la operación. Por ello, su cuerpo permanece siendo el de un niño, cuando él ya ha roto el pacto, por lo que permanece dependiente respecto de la familia, es decir, de la madre y el padre imaginarios.
De allí que el pasaje hacia la adultez que la pubertad y la adolescencia representan tampoco se llegue a producir, dejando al sujeto en una especie de niñez-adolescente aparentemente eterna.
La cura y sus dificultades
Todos los autores han puesto de relieve que estos pacientes, requieren una estrategia diferenciada por nuestra parte.
Kernberg señala que las diferentes posiciones de los psicoanalistas al respecto se pueden ordenar en un continuum que va en un extremo desde aquellos que entienden que sólo es posible efectuar una terapia de apoyo, o en todo caso la ven necesaria como paso previo a un análisis, hasta aquellos -en particular los de la escuela inglesa- que él sitúa en el otro extremo, que piensan que un análisis es posible. Por su parte, este autor se ubica en un lugar intermedio, planteando una técnica modificada del análisis clásico puesto que éste podría producir lo que denomina una “transferencia psicótica”, algo que personalmente llamaría momentos de locura generados por la regresión al narcisismo (estadio del espejo).
La técnica que él propone consiste en establecer una estructuración del setting para intentar bloquear los actings del paciente, la utilización de recursos hospitalarios cuando esto se ve sobrepasado, la elaboración sistemática de la transferencia negativa tanto en la cura como en la vida del paciente, la confrontación del paciente con sus defensas patológicas y su interpretación en la transferencia, así como el señalamiento de cómo dichas defensas fragilizan su yo y disminuyen la prueba de realidad.
En función de mi experiencia tanto privada como institucional, entiendo que estos pacientes requieren un tiempo previo de entrevistas preliminares -que a veces puede ser prolongado- necesario para que establezcan una mínima confianza básica en relación al analista, como respecto de ellos mismos, y para que algo del orden del amor de transferencia se pueda establecer. Un tiempo en el que el sujeto alcance a reconocer la responsabilidad que le corresponde en su malestar -en lugar de desconocerlo renegando o proyectando-, y en que pueda aflorar el deseo de saber necesario para el análisis de lo inconsciente.
Al fin de cuentas, la agresividad apunta a la castración del Otro para poder separarse, e importa particularmente que el sujeto pueda hacer -en la transferencia- el duelo de ese Otro materno cuyo deseo ha fallado, pero que paradojalmente ha permanecido como idealizado y Absoluto. Sólo a partir de eso, es posible que el sujeto pueda efectuar la elección que hasta ese momento no ha podido realizar.
Esta nueva situación lo confronta a la castración por el padre. A partir de entonces, el analista en tanto sustituto paterno, puede activar la angustia de castración forzándolo a la elección: o bien desafiarlo y elegir un fetiche que vele la castración materna, o bien amarlo, aunque sea de forma ambivalente, e identificarse con el superyó que él le atribuye, cosa que implica la renuncia a los goces inmediatos y la instauración de la espera fantasmática de lo posible.
No obstante, el sujeto no es realmente un niño: los objetos del mundo a los que se enfrenta, tanto a nivel sexual y amoroso, como en el plano profesional y social son los propios de un adulto, y por ello, este momento es el de la posible instauración de una perversión o de una neurosis adulta, con las angustias y los síntomas que le son propios.
A partir de allí, si él lo quiere y su responsabilidad lo hace posible, se puede pasar a un análisis propiamente dicho.
Margaret Little (2) nos ha brindado el testimonio inapreciable de su análisis con Winnicott. Ella relata todo un primer y extenso período en el que reproducía lo que denominaba “el caos” de la relación con su madre. Un período con momentos de locura y depresión en los que el suicidio planeaba con insistencia, y en el que los ataques de ira y las actuaciones eran frecuentes. Winnicott tuvo que internarla más de una vez. No obstante, su presencia, su sostén -que en ocasiones rayaba en el maternaje- y su firmeza le permitieron construir un espacio de confianza básica que le permitió pasar a una segunda fase en la que, tal como ella dice, “pude analizar mi Edipo”.
El resultado final parece haber sido bueno: logró inscribir su nombre en la historia del mundo psicoanalítico a través de sus obras, lo que le permitió un nuevo anudamiento de los registros de su subjetividad, pacificándola.
¿Estructura o estado?
Este ejemplo, el de algunos casos que he tenido la oportunidad de tratar, y la experiencia institucional con niños con serios problemas de conducta o jóvenes diagnosticados con T.L.P., todos ellos habiendo vivido graves historias de desestructuración familiar, de abandono y de maltrato, me indican que cuando se dan las condiciones de sostén que antes he mencionado, se producen cambios positivos con relativa rapidez.
Todo ello, me lleva a pensar que no estamos ante una nueva estructura psíquica, sino ante sujetos que están en un estado límite. No porque pertenezcan a una categoría diagnóstica más o menos bien delimitada por los psicoanalistas, psicólogos o psiquiatras, en el que compartirían frontera con las psicosis, las perversiones o las neurosis, sino porque su no elección los deja estancados entre la regresión posible al Otro materno Absoluto -de allí la angustia ante el vacío- y una progresión hacia el padre y por su mediación hacia la vida, que no se acaba de afrontar -de allí la depresión-.
Por ello, estimo que, si el diagnóstico diferencial con las psicosis está bien establecido, estamos ante pacientes que padecen un tipo de neurosis infantil previa al final del Edipo.
(1) Korman, Víctor. «Cuadros con insuficiente resignificación retroactiva edípica (CIRRE)” Intercambios, papeles de psicoanálisis / Intercanvis, papers de psicoanàlisi, núm. 15, p. 9-22. 2005
(2) Little, Margaret, Relato de mi análisis con Winnicott: angustia psicótica y contención. Editorial Lugar, Buenos Aires, 1995.