DONDE NO HAY PALABRA HAY LAZO. El analista como borde en el límite

 Alfonso Alberto Gómez Prieto

Coloquio de la Asociación Discurso Psicoanalítico — Barcelona, diciembre 2025

A veces, en la clínica, uno tiene la impresión de que el paciente llega con algo que todavía no puede decir, pero que ya se manifiesta en su cuerpo, en su angustia o en su modo de estar en el mundo. En la clínica borderline —tomada en su sentido amplio— la experiencia aparece sin mediación, sin metáfora, sin palabra que la sostenga. El sufrimiento llega antes que la representación. Son pacientes que viven al borde del desbordamiento, no por conflicto neurótico, sino por fragilidad del sostén. Esta clínica exige una presencia distinta del analista: no intrusiva, no apresurada, no interpretativa de entrada. Una ética del borde.

Freud situó el síntoma como compromiso entre deseo y defensa. Pero hay pacientes para los que ese compromiso nunca se consolidó. Lo que aparece no es metáfora: es irrupción. La angustia no indica: invade. El cuerpo no representa: se desorganiza. Las defensas no median: colapsan. La teoría clásica, aun insuficiente, ayuda a pensar el fracaso temprano en la constitución del límite.

Kernberg habló de identidades difusas y escisión; Bergeret de la a-estructuración;

Ferenczi advirtió que la excesiva distancia analítica puede vivirse como abandono; Winnicott recordó que sin un entorno suficientemente bueno no se constituye un self;

 Lacan mostró que hay fragilidades del nudo donde simbólico, imaginario y real no terminan de enlazarse.

En este contexto apareció Eliana.

Tenía veintiocho años y venía de un ingreso breve —seis días— en el Hospital Psiquiátrico Rodríguez Lafora tras un episodio de desbordamiento afectivo. Desde hacía años convivía con un fenómeno extraño: “ruidos”, “golpes” internos en la cabeza. No eran voces ni pensamientos intrusivos, tampoco alucinaciones. Eran chasquidos sin localización clara, que surgían en momentos de tensión o silencio. “Es como si algo golpeara… no sé dónde”, decía. Para ella, el ruido era señal de un derrumbe inminente: “Si aparece, algo se está rompiendo”.

Funcionaba, pero a un coste enorme. Trabajaba como auxiliar administrativa en una empresa de logística: aplicada, responsable, extremadamente sensible a matices del ambiente. Vivía sola en un piso modesto, ordenado casi compulsivamente. Dormía con la televisión encendida para evitar el silencio.

Y había creado un recurso íntimo: llevaba siempre en el bolsillo una piedra lisa, encontrada años atrás en una playa. No la mostraba; sólo la tocaba con el pulgar. “Cuando la tengo, la cabeza se ordena un poco”.

No era un fetiche ni un amuleto: era un objeto-borde, la mínima continuidad en un psiquismo sin sostén. Un objeto transicional tardío en sentido winnicottiano: lo único que impedía, a veces, la desintegración.

En las semanas previas al ingreso el ruido se intensificó. Dormía mal, despertaba sobresaltada, sentía que “el ruido quería entrar o salir”.

El día del ingreso, tras un comentario banal en el trabajo, sintió que “todo se venía encima”: respiración acelerada, palabras sin forma, llanto incontenible. “Me estaba deshaciendo por dentro”, dijo después.

Fue atendida por un psiquiatra cercano a la jubilación, con una sensibilidad psicodinámica poco frecuente ya en la sanidad pública. Ajustó medicación con prudencia y recomendó psicoterapia. Eliana lo recordaba así: “Por fin alguien que no me trató como si estuviera loca”.

Eliana procedía de una familia de un barrio periférico de Madrid, con recursos muy escasos. Yo estaba entonces en mis primeros años como psicoanalista, combinando la sanidad pública con una consulta privada de honorarios reducidos. Su llegada coincidió con un momento en el que estaba aprendiendo a contener sin invadir.

Su infancia ya prefiguraba ese borde. El padre, precarizado y bebedor, irrumpía a veces en su habitación cuando tenía cinco o seis años. No hubo abuso sexual explícito, pero sí intrusión: un cuerpo infantil expuesto a un Otro sin mediación.

 Y aquí conviene subrayar la diferencia con la histeria: en la histeria, incluso lo traumático puede organizarse como escena y como pregunta (“¿Qué quiere de mí?”).

En Eliana no hubo escena, ni erotización, ni pregunta. Fue un real sin borde: traumatismo no simbolizable (Bergeret), intrusión sin sostén (Winnicott), agujero donde el significante no opera (Lacan).

En la adolescencia, la lógica se repitió. Un conocido del padre —con quien había trabajado en obras— apareció con frecuencia en la casa. No era familiar ni amigo íntimo: su presencia carecía de lugar simbólico. Comentaba su cuerpo, “hacerse mujer”.

No hubo seducción ni escena sexual; lo intrusivo era la proximidad sin marco. “No hacía nada malo… pero estaba demasiado cerca”, decía ella.

En el análisis, cuando el ruido aparecía, levantaba la mirada esperando algo. Yo le decía:

“Estoy aquí contigo. No hace falta ponerlo en palabras ahora; ya lo haremos cuando estés menos tomada por esto.”

Un día llegó tensa y dijo:

“Hoy siento que estás demasiado cerca… como si ocuparas demasiado espacio.”

No lo escuché como reproche, sino como un momento transferencial pleno. En ella, la proximidad del Otro se vivía como intrusión. Mi contratransferencia osciló entre justificarme (“no estoy tan encima”) y retirarme.

Pero retirarme habría repetido el abandono materno; defenderme habría repetido la intrusión paterna. Tenía que sostenerme en ese lugar intermedio.

Respondí despacio:

“Si hoy mi presencia te resulta demasiado, podemos ver juntos qué forma tiene ese ‘demasiado’, sin que yo me retire. Puedo dar un poco de espacio, pero sigo aquí.”

Tras ese momento, la atmósfera cambió.

Y entonces trajo el sueño:

“Estoy en la orilla del mar. De noche. Cielo gris azulado. Tengo las manos en el agua. La ola sube y siento que me quiere llevar. Oigo una voz detrás que dice: ‘No te va a llevar’. No me giro. No sé quién es. Pero la voz está tranquila.”

Le dije:

“Esa ola tiene la fuerza de algo que no se puede atrapar con palabras. Pero en el sueño no te arrastra. Y hay una voz. Una voz que no invade y no exige. ¿Cómo es estar con una voz que no te oprime?”

Ella dijo: “La voz no se asusta.”

Lo que empezaba a ocurrir ahí —ese pasaje del ruido crudo a una imagen onírica y, después, a una palabra que ya no la desbordaba— es algo que vemos a menudo en la clínica del límite: antes de poder simbolizar, el sujeto necesita exteriorizar la vivencia en un registro primario, sensorial, casi sin forma.

Es el modo en que un psiquismo sin sostén intenta no desintegrarse. Sólo más tarde, si hay un otro que no invade ni desaparece, esa vivencia puede transformarse en figuración y después en palabra. Ese movimiento en dos tiempos, primero la exteriorización cruda y luego la posibilidad de representarla, es lo que Roussillon llamó doble transición.

No viene a corregir a Lacan: ilumina justamente ese punto donde Lacan situó el agujero en lo simbólico, mostrando cómo se bordea clínicamente para que el sujeto no caiga.

La ola era el real del desbordamiento.

La voz, un objeto voz separado del goce del Otro: alojable, no capturante.

En la lectura de Freud, esa escena inauguraba ligadura; en la de Winnicott, un holding internalizado; en la de Bion, una figuración allí donde antes sólo había irrupción. En términos de Bion, esos ruidos podían entenderse como elementos beta: vivencias crudas e imposibles de pensar que el análisis, mediante la presencia contenida del analista, iba transformando poco a poco en elementos alfa, es decir, en algo representable y alojable. Y desde Lacan, ese objeto voz podía pensarse separado del goce del Otro, como un resto alojable.

Durante el análisis aparecieron rasgos que permitían pensar cierta proximidad con la psicosis ordinaria: silencios vividos como desaparición, ruidos no ligados, dependencia del objeto-borde.

 No había fenómenos elementales ni certeza delirante, pero sí fragilidad de anudamiento. No se trataba de diagnosticar; se trataba de orientarse clínicamente.

El análisis duró más de cinco años. Los silencios cambiaron de estatuto: dejaron de ser precipicios. Un día dijo:

“Cuando me callo aquí… no desaparezco.”

Otro día llegó sin la piedra.

“Hoy no la he traído… y estoy bien.”

Respondí:

“La piedra estuvo cuando la necesitabas. Y si un día la vuelves a necesitar, lo veremos. No tienes obligación de dejar nada atrás.”

Había borde.

Poco a poco surgió una frase que durante años había sido inimaginable:

“Creo que puedo seguir viviendo.”No era entusiasmo.. Era calma.

Empezó entonces a hablar de irse a Canarias con una tía; no como fuga ni como actuación impulsiva, sino como una posibilidad que se abría con prudencia. Lo trabajamos despacio. La separación comenzó mucho antes de nombrarse. Hubo sesiones en las que dudaba, otras en las que avanzaba con cierta seguridad, y otras en las que aparecía el temor de que todo se desmoronara si se alejaba de mí.

Ese proceso pausado permitió que el final no fuera un corte, sino un tránsito; una forma de ir construyendo, en el propio análisis, la posibilidad de separarse sin caer.

Cuando finalmente dijo: “Tengo miedo de que si me voy… todo se rompa”, le respondí con la mayor precisión que pude: “Que dejemos de vernos no significa que pierdas lo que has construido. El análisis no se va: se queda dentro. Y si algo se desordena, no será volver al principio, sino continuar desde donde estés.”

No quería asegurar ni tranquilizar artificialmente, sino mostrar que la continuidad no dependía únicamente del lazo externo, sino de algo que ya estaba en ella.

La despedida no tuvo nada de abrupto. Fue un tiempo compartido, hecho de pequeños ajustes, de silencios diferentes, de un modo de hablar que se volvía más espacioso. Cuando llegó el momento, no hubo caída. Hubo paso. Se marchó sosteniéndose de otro modo, sin la piedra, sin el ruido como señal de derrumbe, sin el temor constante a desaparecer en el silencio del otro.

Un año después recibí un mensaje breve: “Aquí duermo mejor. Gracias por haber estado.” No hablaba del análisis, sino de lo que ese análisis había permitido alojar: un lazo interno que ya no se vivía como invasión ni como abandono, una voz que podía acompañarla sin ocuparla ni desaparecer.

La teoría psicoanalítica, tomada en su conjunto, ilumina estos recorridos sin necesidad de forzarlos en categorías rígidas.

Freud mostró que, cuando la ligadura falla, la experiencia retorna como irrupción. Winnicott señaló que sin un sostén temprano el self queda expuesto a la fragmentación. Bergeret describió la a-estructuración que se arma sin represión.

Bion enseñó que el psiquismo necesita transformar lo crudo en pensable para no colapsar; esos ruidos, entendidos como elementos beta, sólo podían volverse elementos alfa —algo representable— gracias a una presencia capaz de contener sin aplastar. Lacan situó la fragilidad del nudo y el valor de un objeto voz separado del goce del Otro.

Green nos recordó que la negatividad operante del analista —su manera de no invadir y no faltar— es lo que permite que el sujeto exista sin desbordarse. Ningún autor basta por sí solo, pero juntos permiten orientarse en esos lugares donde el sujeto apenas consigue bordear su propia consistencia.

A veces, en la clínica del límite, el analista no interpreta: hace borde. No ordena, no dirige, no completa. Sostiene lo que todavía no tiene forma. Y cuando ese sostén no es intrusivo ni frío, cuando respira con el sujeto, cuando es firme sin endurecerse, algo del caos empieza a poder soñarse. No porque el analista dé sentido, sino porque encarna —durante un tiempo— aquella voz tranquila del sueño que decía: “No te va a llevar.” Y cuando esa voz puede alojarse dentro del paciente, cuando ya no pertenece al Otro sino al propio sujeto, cuando no invade ni falta, entonces el análisis puede terminar. No porque algo se cierre, sino porque, sencillamente, empieza la vida.

Alfonso Alberto Gómez Prieto                 Barcelona Diciembre 2025