LA TERCERA ESCUCHA, por Marcelo Edwards

A propósito de la así llamada “supervisión”

El término de supervisión ha ido sustituyendo en el psicoanálisis al de control o análisis de control, que era como se denominaba esta práctica en la IPA. Es posible que el cambio se fuese produciendo por dejar de lado el sentido de “control” que se ejercía sobre el candidato a analista. Uno se pregunta si realmente se ha dejado de “supervisar” a los analistas jóvenes o si el matiz de “control” aún persiste.

Por otra parte, llama la atención que se haya escogido un término relativo a la mirada, siendo que en psicoanálisis lo que cuenta es la palabra y la intervención sobre lo que se escucha.

De hecho, una vez concluidas las entrevistas preliminares, cuando ya está instalada la transferencia y hay un deseo decidido por parte del analizante para iniciar su análisis, el analista suele pasarlo al diván, justamente para dejar de lado la mirada, soporte del goce escópico. De lo que se trata entonces, es de pasar a la escucha de la asociación libre del analizante, manteniendo el analista su atención flotante, algo que excluye la propia mirada sobre el analizante. Algo que algunos analistas refuerzan cerrando o entrecerrando sus ojos.

De lo que se trata justamente es de pasar del fascinum de la mirada que tiende a reforzar el eje narcisista y consciente entre analizante y analista. Lo que realmente importa son los dichos del primero y sobre todo las modalizaciones de su decir: el cómo la voz subtiende a los otros objetos pulsionales en su lazo con el analista.

La escucha

Como decía Lacan, el sujeto escucha su propio mensaje de manera invertida desde el lugar del Otro: es algo estructural. El dispositivo analítico está concebido para que ese mensaje le llegue al sujeto con la menor interferencia (resistencia) posible por parte del psicoanalista.

Desde que nace, un bebé escucha su propia voz, su grito, sus llantos, como proviniendo desde el lugar del Otro real, que habitualmente es su madre. De hecho, en esos primeros intercambios sensoriales cargados de goce pulsional va constituyéndose la lalangue propia de cada sujeto. La propia voz del bebé se articula con la voz materna desde el principio y se requiere todo un proceso para que el bebé pueda discriminar gracias a la función paraexcitante de la madre y de los otros, que lo calman respecto de la angustia que le produce su propio grito, mediante el movimiento, el canto, y la entonación del adulto. Hay voces y palabras que excitan y otras que tranquilizan introduciendo un corte respecto del exceso pulsional. 

Son estas voces y estas palabras las que articulan los movimientos de unión y separación del sujeto respecto del Otro, a nivel oral, anal, fálico uretral, escópico o invocante. Esto se reinscribe retroactivamente al final del Complejo de Edipo, cuya cicatriz habitual es la constitución de la fantasía fundamental del sujeto, aquella que tiene que ver con su trauma y sus síntomas.

En un psicoanálisis hay un primer bucle: el analizante se escucha a sí mismo cuando habla.  En ocasiones, cuando emerge algo de lo inconsciente, el sujeto recibe su propio mensaje desde el lugar del Otro. Es cuando retorna de lo reprimido como corte: $. Es la primera escucha.

Ahora bien, también está el analista que escucha a su vez, desde el lugar del Otro, los dichos y el decir de analizante e interviene a veces sobre su discurso, algo que puede ser retomado por el analizante ya sea en la misma sesión o en las siguientes. Es la segunda escucha.

Ahora bien, cuando un psicoanalista consulta a otro por un análisis que él conduce, se introduce una tercera escucha de lo que dice el psicoanalista respecto de los dichos y el decir de su analizante. Esto hace posible una escansión respecto del psicoanalista que habla de su paciente.

Cabe decir que en este proceso se ha ido produciendo una decantación y una pérdida del goce pulsional que opera en la transferencia. La tercera escucha, si es eficaz, hace posible que lo que puede producir síntoma, inhibición o angustia en el psicoanalista sea reemplazado por una escucha y unas intervenciones más ajustadas en la transferencia. En otras palabras, que haga operativa la función del deseo de analista, que -como decía Lacan- implica mantener la máxima diferencia posible entre el Ideal y el objeto a. En otras palabras: que produzca una pérdida de goce y activen el deseo del analizante.

Más allá de la cuota de saber que la tercera escucha pueda proporcionar al psicoanalista lo importante son los efectos que pueda producir sobre su ética, y contribuir a que éste no haga síntomas, algo que no es menor.

Eugenie Lemoine Lucioni había propuesto denominar dialyse a esta práctica. Entendía que hacía posible una cierta depuración del goce en juego en la transferencia. Por mi parte, estimo que es mejor denominarla simplemente como la tercera escucha, puesto que no se trata de ninguna “super-visión”.

Marzo de 2026

Marcelo Edwards