NUREMBERG Y COMPROMISO SOCIAL, por Nuria González Zulueta

He titulado así este artículo tras visionar la película “Núremberg” (2025), basada en la novela “El nazi y el psiquiatra” (2013) de Jack El-Hai. Movida por el impacto de la misma y los acontecimientos históricos que en ella se reflejan.

Sin pretender hacer un análisis exhaustivo de la misma ni de la situación histórica dramática vivida, sí me interpela a la reflexión sobre lo que se ha dado en dado en llamar “La maldad humana”, y cuestiones tan inherentes a la humanidad, como el odio, la agresividad y la pasividad ante ello.

La tarea encomendada a este psiquiatra del ejercito estadounidense, Douglas Kelley, fue determinar si los jerarcas nazis estaban mentalmente aptos para ser juzgados y evitar desequilibrios emocionales que les pudieran llevar al suicidio. Concluyó que los acusados no representaban una patología específicamente nazi, sino que “eran simplemente criaturas de su entorno, como todos los humanos, y que, en ciertas circunstancias, muchas personas actuarían de forma similar”. Conclusión que no dejó de ser controvertida y difícilmente aceptada por algunas sociedades. Investigó después las motivaciones psicológicas de las personas que cometían crimen.

Ya Freud responde a estas cuestiones, cuando nos habla de su teoría de las pulsiones, de la relación de la guerra con el poder, explicando los comportamientos agresivo-destructivos del ser humano bajo la perspectiva de las pulsiones de muerte. Freud ha investigado mucho a lo largo de su vida sobre las pulsiones, para decirnos que el odio y la agresividad forman parte del complejo humano y para instarnos no tanto a ignorarlo o querer erradicarlo, sino a lidiar con ello y poder regularnos, añadiendo la importancia de apelar a la cultura como un “antídoto” contra la guerra, “Todo lo que promueva el desarrollo de la cultura trabaja también contra la guerra” dice.

Y volviendo a la representación de Núremberg, hay una escena clave -motivación principal de este escrito-, cuando el psiquiatra es interpelado a ayudar y responde: “No puedo hacer nada”, “solo soy un psiquiatra”, y quién le ha pedido ayuda (soldado judío, afectado por la masacre) impotente ante esta respuesta, le dice: “Ocurrió, porque se permitió”.

Y este es el punto: el psiquiatra, el analista, cualquiera que desempeñe una praxis terapéutica no puede permanecer intacto (intacto=“no tocado o palpado, que no ha padecido alteración, menoscabo o deterioro”), inmune a los acontecimientos sociales, ni cercanos ni lejanos, ni tampoco aislado, bajo la pseudo protección y pensamiento limitante y engañoso de “sólo soy un psiquiatra”, ¿no es acaso únicamente un pensamiento eximididor de culpa? me pregunto.

Ocurrió porque se permitió” resuena esta frase en mi interior como un recuerdo, como un llamado, como un grito, que pide responsabilidad y acción propia y personal, desde sea cual sea el rol o lugar que uno ocupa.

Un llamado a salir, a decir, a no esconderse, a no permanecer aislados en nuestra práctica, a construir junto a otras disciplinas, el silencio no sirve, no es escudo, ni protección, ni excusa.

Y además de conocer la historia, saber que las guerras del mundo y las personales siguen existiendo, actualizadas en sus múltiples y diferentes formas…

                     “Ocurrió porque se permitió” … sigue resonando en mi interior.

Nuria González Zulueta