Todas las prácticas implican un discurso que les da su estructura. Freud inventó una praxis inexistente hasta entonces para poder intervenir sobre lo inconsciente mediante la palabra y levantar las represiones que producían los síntomas de sus pacientes. Al hacerlo introdujo un nuevo discurso en el mundo. 

Lacan mostró con su escritura, que el discurso psicoanalítico propio de nuestra praxis es el reverso del discurso del amo. El analista, en función de su deseo, ocupa en la cura el sitio de semblante del objeto a, causa del deseo. 

En lugar del significante-amo que comanda y aliena el decir del analizante, el analista causa. Invita a hablar a sus analizantes del pathos, del sufrimiento inherente a sus síntomas sin sugerir ni conducir su consciencia. Es el analizante quien ha de efectuar su trabajo de elaboración y tomar las decisiones vitales que considere pertinentes, en función de la singularidad de su deseo.

El discurso psicoanalítico se distingue del discurso del amo, del de la histeria o del universitario por incidir, mediante el acto del psicoanalista, sobre el lugar desde donde el sujeto habla: el de su decir.

Quien habla en tanto amo, lo hace desde el lugar del significante-amo para dirigir su vida y la de los otros, asumiendo sus riesgos. Aquel que lo hace desde el discurso universitario esconde su decir detrás de la pretendida neutralidad y objetividad del saber establecido por la ciencia. La histeria por su parte se borra para cuestionar el significante-amo y/o para demostrar lo insatisfactorio del saber. En ese sentido, subsume la posición del científico en tanto cuestiona el saber establecido. No obstante, el saber científico, cuando se establece, acaba elidiendo al sujeto. 

En un psicoanálisis lo que importa es el relato consciente que el sujeto hace de su novela familiar, que es puesto en entredicho cuando una formación de lo inconsciente (lapsus, olvido, acto fallido o sueño) pone de relieve la diferencia entre es eso y no es eso, tal como Freud lo describió magistralmente en su artículo sobre La negación. Retomó allí lo que un paciente le decía a propósito de un sueño: “Ud. pensará que es mi madre, pero no, no es mi madre”, aludiendo al carácter incestuoso de su deseo y negándolo al mismo tiempo. El paciente transfería a Freud esa interpretación, lo que muestra que el psicoanalista es un operador lógico necesario para que el sujeto pueda reconocer y negar al mismo tiempo lo que surge de lo inconsciente reprimido. La repetición en juego es una repetición denegativa de un trazo unario -en este caso de la mujer del sueño que también era característico de la madre- que inscribe una diferencia gracias a una hiancia: a, la causa del deseo, que como tal es indecible.

La clínica psicoanalítica es una clínica bajo transferencia: el analista está implicado en ella, algo que él no ignora a diferencia de la clínica psiquiátrica o psicológica. Pero la ética del psicoanálisis comporta que los actos del analista incidan sobre otra cosa que el amor/odio de transferencia que, como tal, es resistencia respecto de la elaboración de lo inconsciente. Lejos está el analista de instrumentar la transferencia para sugestionar a sus pacientes y orientarlos en cuanto a sus decisiones.

Freud captó que la transferencia se presenta cuando el analizante detiene su discurso: es el momento en que se encuentra con lo real del sexo.

El decir existe al dicho: no es del orden de la dit-mension de la verdad. La serie de dichos, la búsqueda de sentido apunta a velar que en lo inconsciente no hay rapport sexual: el sexo no tiene sentido. El auténtico no rapport sexual, se produce entre el sexo y el sentido, o sea, entre el decir y el dicho. Sólo a partir de esa imposibilidad se pueden entender las dificultades entre hombres y mujeres.

El objeto a, remite a lo imposible de decir, la causa del deseo, pero a la vez es lo que permite que se articulen los dichos que tienden a velar ese real: “es eso y no es eso”. Es lo que permite dar a cada parte del cuerpo una función fálica, otorgándole el valor significante de un nuevo dicho. De ese modo, una parte del cuerpo puede estabilizarse discursivamente: el seno deviene el objeto de deseo de la histeria, las heces, el objeto del deseo imposible del amo, y la mirada el objeto no sabido del universitario. Así, el decir de la histeria se caracterizará por su insatisfacción, el del amo por imposible control del objeto, y el del universitario por la articulación entre S1 y S2 -un saber, la e-videncia científica- que él intenta sostener con su mirada.

Que el analista ocupe el lugar de la causa en el discurso psicoanalítico es porque la demanda del analizante lo coloca en ese lugar, y que él lo acepte es para que el discurso pueda ser relanzado. No es algo que los psicoanalistas de orientación kleiniana ignorasen; Meltzer por ejemplo, hablaba del analista seno, o del analista wáter.

Pero la voz, el objeto a que corresponde al discurso analítico es volátil. El decir, el acto del psicoanalista, consiste en un puro corte que impide que el dicho se consolide, haciendo que S1 no pueda estabilizarse en un S2. La interpretación de dicho acto, o sea, su estabilización en un sentido queda en todo caso del lado del analizante. Si no se trata de ese corte, sino que toma cierta consistencia puede caer en el discurso del amo, de la histeria o del universitario, que como tales apuntan a generar un sentido.

El psicoanalista no tiene como función revelar el decir que corresponde a los dichos de los analizantes para establecer que se trata un decir de amo, histérico o universitario y así poder establecer diagnósticos de histeria, obsesión, etc. Eso implicaría establecer un sentido: que un dicho verdadero pudiera cernir lo real de un decir. Si así fuera, se produciría un incesto entre el decir y el dicho, que es lógicamente previo a cualquier figuración imaginaria del mismo (con la madre, el padre, etc.). La verdad a la que apunta lo simbólico es medio-dicha: siempre hay algo real que se escapa a ella. 

A diferencia del discurso del amo, del histérico o el universitario, el discurso analítico interroga la consistencia de estos tres discursos. De hecho, no tiene una consistencia propia fuera de su relación con ellos en la cura. La labilidad que lo caracteriza pone en cuestión que él mismo sea un discurso. Al fin de cuentas ¿qué lazo social implica? 

No se trata del lazo asociativo de un grupo de individuos que se autorizan como psicoanalistas: el grupo hace resistencia al discurso psicoanalítico. Hay grupos de amos y esclavos, grupos histéricos de socios o grupos universitarios de profesores y alumnos.

El lazo social entre analizante y analista tiene como referente al falo, que en su vertiente simbólica es φ, el símbolo del deseo, es decir, de la carencia (castración) tanto del sujeto como del Otro. Es la referencia que le da su estabilidad al posibilitar el relanzamiento del discurso. A partir de él, el analizante puede hacer la experiencia de un real imposible de decir. 

De esta forma, da cuenta de los dichos de los otros discursos, modificando su estructura sin pretender imponer ninguna otra, pero tampoco queda subsumido por ningún otro discurso.  

Parte de los dichos propios del discurso en que se inscribe el sujeto para cernir lo real imposible: el no rapport sexual. Es a partir de eso que el sujeto puede relanzar su decir con una nueva lectura de su historia y de su vida.

Un psicoanálisis no se plantea ningún objetivo adaptativo: tratar de fijar el decir en un dicho es incestuoso y por ende traumático. No obstante, tiene efectos terapéuticos “por añadidura”, tal como decía Freud, respecto de la angustia, los síntomas, las inhibiciones, la depresión, y los fenómenos psicosomáticos o psicóticos.

Es eficaz porque hay una homología entre el cuerpo pulsional y la palabra. El funcionamiento normal del organismo humano depende del cuerpo pulsional. Si un bebé no es libidinizado por el discurso de su madre sufre graves trastornos orgánicos o incluso puede morir. Pero los síntomas son el efecto de contradicciones subjetivas que tienen que ver con el plus de goce (incestuoso) que el sujeto no puede manejar. Los cortes que opera el analista en la transferencia sobre el discurso del analizante tienen un efecto sobre ese cuerpo pulsional, y por ende sobre los síntomas.

El psicoanálisis es una praxis y no una cosmovisión del mundo: lo real del que se ocupa no tiene ninguna substancia. Tampoco es una ciencia empírica, pero sí participa del “espíritu científico”. No experimenta con los analizantes por razones éticas obvias, tal como sucede en otras disciplinas científicas como la economía, la sociología, la antropología o la historia, cuyas modalidades de verificación son siempre retroactivas a partir de los acontecimientos. Tal como el psicoanalista que solo puede verificar a posteriori si sus intervenciones han sido adecuadas o no.

Pero es una disciplina conjetural fundada en razón que pone a prueba sus resultados a partir de la praxis, y requiere una lógica específica que da cuenta de la apertura y cierre de lo inconsciente, es decir de: es eso y no es eso.

Marcelo Edwards

18-08-2023